12.4.17

¿quiénes somos nosotros?



El sujeto y el poder
Michel Foucault

minuto 7:18

[...]

Sería conveniente no tomar como un todo la racionalización de la sociedad o de la cultura, sino analizar tales procesos en diversos campos, cada uno en referencia a una experiencia fundamental: locura, enfermedad, muerte, crimen, sexualidad y así sucesivamente.
Creo que la palabra racionalización es peligrosa; lo que debemos hacer es analizar racionalidades específicas, más que invocar constantemente al Progreso y a la racionalización en general.
Más allá de que la Aufklärung (Ilustración) haya sido una etapa importante de nuestra historia y del desarrollo de la tecnología política, creo que deberíamos referirnos a una serie de procesos más alejados si deseamos entender cómo hemos sido atrapados en nuestra propia historia.

Me gustaría sugerir otra vía para ir más lejos hacia una nueva economía de las relaciones de poder, una vía más empírica, más directamente relacionada con nuestra situación actual, la cual implica una mayor relación entre la teoría y la práctica. Esta consiste en tomar como punto de partida, a las formas de resistencia contra las diferentes formas de poder. Para usar otra metáfora, consiste en usar la resistencia como un catalizador químico, de forma de traer a luz las relaciones de poder, ubicar su posición, encontrar sus puntos de aplicaciones y los métodos usados. Más que analizar el poder desde el punto de vista de su racionalidad interna, consiste en analizar relaciones de poder a través del antagonismo de estrategias.
Por ejemplo, para encontrar lo que nuestra sociedad entiende por sanidad, tal vez deberíamos investigar lo que está aconteciendo en el campo de la insanidad.
Y lo que entendemos por legalidad en el campo de la ilegalidad.
Con el propósito de entender de qué tratan las relaciones de poder, tal vez deberíamos investigar las formas de resistencia y los intentos hechos para disociar estas relaciones.
Como punto de partida, tomemos una serie de oposiciones que se han desarrollado en los últimos años: la oposición del poder del hombre sobre la mujer, la de los padres sobre los niños, la de la psiquiatría sobre la enfermedad mental, la de la medicina sobre la población, la de la administración sobre la forma de vivir de la gente.
Sin embargo, no es suficiente con decir que estas son luchas antiautoritarias, debemos tratar de definir más precisamente qué tienen ellas en común.

1. Son «transversales»; esto es, no están limitadas a un país. Es evidente que se desarrollan más fácilmente y más extensamente en determinados países, pero no por esta razón, están confinadas a una forma política o económica particular de gobierno.

2. El objetivo de estas luchas son los efectos del poder en sí. Por ejemplo, la profesión médica no es en primera instancia criticada por su provecho económico, sino porque ejerce un poder no controlado sobre los cuerpos de la gente, su salud, su vida y su muerte.

3. Son luchas «inmediatas» por dos razones. En tales luchas la gente cuestiona las instancias de poder que están más cercanas a ellas, aquellas que ejercen su acción sobre los individuos. Estas luchas, no se refieren al «enemigo principal» sino al enemigo inmediato, como tampoco esperan solucionar los problemas en un futuro preciso (esto es liberaciones, revoluciones, fin de la lucha de clases). En contraste con una escala teorética de explicaciones o un orden revolucionario que polariza la historia, ellas son luchas anarquistas.

Pero estos no son los puntos más originales, en cambio los puntos siguientes parecen ser los más específicos.

4. Son luchas que cuestionan el estatus del individuo: por un lado, afirman el derecho a ser diferentes y subrayan todo lo que hace a los individuos verdaderamente individuos. Por otro lado, atacan lo que separa a los individuos entre ellos, lo que rompe los lazos con otros, lo que rompe con la vida comunitaria, y fuerza al individuo a volver a sí mismo y lo ata a su propia identidad de forma constrictiva.
Estas luchas no están a favor o en contra del «individuo», pero sí son luchas en contra de «el gobierno de la individualización».

5. Estas luchas, —en oposición a los efectos del poder ligados al conocimiento, a la competencia, la calificación— luchan contra los privilegios del conocimiento. Pero son también una oposición contra el secreto, la deformación y las representaciones mistificadas impuestas a la gente. No hay nada «cientista» en esto, (esto es, una creencia dogmática en el valor del conocimiento científico), pero tampoco es un rechazo escéptico, relativista, de cualquier verdad verificada. Lo que se cuestiona es el modo en que el conocimiento circula y funciona, sus relaciones con el poder. En otras palabras, el régime du savoir (régimen de saber).

6. Finalmente todas estas luchas giran en torno a la pregunta: «¿Quiénes somos nosotros?». Son un rechazo a las abstracciones de la violencia económica e ideológica, que ignoran quiénes somos individualmente como también son un rechazo a la inquisición científica y administrativa que determina quién es uno.

Para concluir, el objetivo principal de estas luchas no es atacar tanto a tal o cual institución de poder, grupo, élite, clase, sino más bien a una técnica, a una forma de poder.

[...]

minuto 23:43

A fines del siglo XVIII Kant escribía en un periódico alemán —el Berliner Monatschrift— un texto breve. El título fue Was heisst Aufklärung?. Durante mucho tiempo, incluso hoy, este texto es considerado un trabajo de relativa poca importancia. Yo no puedo dejar de encontrar a este texto interesante y desestructurante, porque en este trabajo por primera vez un filósofo propone como tarea filosófica a investigar, no sólo al sistema metafísico o a los pilares del conocimiento científico, sino a un evento histórico, un evento reciente, incluso contemporáneo.
Cuando en 1784, Kant preguntaba Was heisst Aufklärung?, se estaba refiriendo a: ¿Qué está ocurriendo en este preciso momento?, ¿Qué nos está sucediendo? ¿Cuál es el mundo, el período, este preciso momento en el que estamos viviendo?
O en otras palabras: ¿Qué somos? ¿como Aufklärer, como parte del Iluminismo (Enlightment)?. Compararía esto con la pregunta cartesiana: ¿Quién soy? ¿Yo, como único pero universal y ahistórico sujeto? Yo, para Descartes ¿es cada uno de nosotros, en cualquier sitio y en cualquier momento?
Pero Kant pregunta algo más: ¿Qué somos nosotros? en un momento muy preciso de la historia. La pregunta kantiana aparece como un análisis en dos sentidos, del nosotros y de nuestro presente.
Creo que este aspecto de la filosofía fue tomando cada vez más importancia. Hegel, Nietzsche... El otro aspecto de la «filosofía universal» no desapareció, pero la tarea de una filosofía como análisis crítico de nuestro mundo es algo cada vez más importante. Es probable, que el más certero problema filosófico sea el problema del presente y lo que nosotros somos, en este preciso momento.
Es probable que hoy en día el objetivo más importante no sea descubrir qué somos sino rehusarnos a lo que somos. Debemos imaginarnos y construir lo que podríamos ser para librarnos de
este tipo de doble vínculo político (double bind), que es la simultánea individualización y totalización de las modernas estructuras de poder.
La conclusión podría ser que el problema político, ético, social y filosófico de nuestros días no es tratar de liberar al individuo del Estado y de las instituciones del Estado sino liberarnos de ambas,
del Estado y del tipo de individualización que está ligada a éste. Debemos promover nuevas formas de subjetividad a través del rechazo de este tipo de individualidad que nos ha sido impuesta
durante siglos.

[...]

16.3.17

fantasía

[...]
Toda formulación lógico-intelectual —por perfecta que sea— borra la vivacidad y la inmediatez de la impresión objetiva. Y ha de hacerlo cabalmente así para poder llegar a la formulación. Mas con ello se pierde precisamente lo que la disposición extravertida considera lo más esencial, a saber: la relación con el objeto real. No hay, por lo tanto, la menor posibilidad de llegar, por la vía de una o de otra disposición, a una fórmula unificante de algún modo satisfactoria. Y sin embargo, no puede el hombre —aunque su espíritu pudiera— mantenerse en esta disensión, pues esta disensión no es mero asunto de una filosofía remota, sino que constituye el problema, cotidianamente reiterado, de la relación del hombre consigo mismo y con el mundo. Y precisamente porque en el fondo se trata de este problema, no puede ser resuelta la disensión por la discusión de argumentos nominalistas y realistas. La solución requiere un tercer punto de vista conciliador. Al «esse in intellectu» le falta la realidad palpable, al «esse in re» le falta el espíritu. Ahora bien, idea y cosa se encuentran y contrapesan en la psique del hombre. ¿Qué es, al cabo, la idea, si la psique no le facilita un valor vital? ¿Qué es la cosa objetiva si la psique le priva de la fuerza condicional de la impresión sensible? ¿Y qué es la realidad, si no es una realidad en nosotros, un «esse in anima»? La realidad vital no está dada exclusivamente ni por el comportamiento efectivo, objetivo, de las cosas, ni por la fórmula ideal, sino que sólo está dada por la síntesis de ambas cosas en el proceso psicológico vivo, esto es, por el «esse in anima». Sólo por la actividad vital específica de la psique alcanza la percepción sensorial aquella profundidad de impresión y alcanza la idea aquella fuerza efectiva que son componente ineludibles de una realidad viva. Esta actividad autónoma de la psique, que no cabe explicar ni como una reacción refleja al estímulo sensorial ni como un órgano ejecutivo propio de las ideas eternas, es, como todo proceso vital, un continuo acto creativo. La psique crea cada día la realidad. Y yo no puedo designar esa actividad con otro nombre que el de fantasía. La fantasía es tanto pensamiento como sentimiento, es tanto intuición como sensación. No hay función con las demás funciones psíquicas. La fantasía aparece unas veces como algo primordial y otras veces aparece como un producto último y audacísimo de la síntesis de todas las facultades. Por ello a mí la fantasía se me aparece como la expresión más clara de la actividad psíquica específica. La fantasía es, ante todo, la actividad creativa de la que brotan las respuestas a todas las preguntas que pueden contestarse, es la madre de todas las posibilidades, y en ella se encuentran vitalmente unidos también el mundo interno y el mundo externo, así como todos los opuestos psicológicos. La fantasía siempre ha sido y es la que tiende el puente entre las inconciliables exigencias del objeto y del sujeto, de la extroversión y la introversión. Sólo en la fantasía se encuentran unidos ambos mecanismos. Pero la fantasía es tabú en el reino de la ciencia, lo mismo que el sentimiento. Ahora bien, si reconocemos el carácter psicológico del contraste fundamental, la psicología se verá en el trance de reconocer, no sólo el punto de vista del sentimiento, sino el punto de vista intermediario de la fantasía. Pero aquí surge la gran dificultad: la fantasía, en su mayor parte, es un producto de lo inconsciente. Contiene, indudablemente, parte de conciencia, pero es característico de la fantasía el que sea esencialmente involuntaria y que aparezca como algo extraño al contenido consciente. Tiene de común con el sueño estas cualidades, aunque el sueño sea, ciertamente, en mucho mayor medida, involuntario y extraño. La relación entre el hombre y su fantasía está en gran medida condicionada por la índole de su relación con lo inconsciente en general. Y esta relación está, a su vez, especialmente condicionada por el espíritu de la época. Según el grado de predominio del racionalismo, se inclinará el individuo más o menos a admitir lo inconsciente y sus productos. La esfera cristiana, como toda rotunda forma religiosa, acusa la tendencia indudable a reprimir en la mayor medida posible lo inconsciente en el individuo y a paralizar, con ello, su fantasía.
[...]
Esta represión consistió, psicológicamente hablando, en una sustracción de libido, de energía psíquica. La libido así lograda sirvió para la construcción y desarrollo de la disposición consciente, con lo que, de modo gradual, fue adquiriendo forma una nueva concepción del mundo. Las ventajas indudables así conseguidas vinieron a afirmar, naturalmente, esta disposición. No es, pues, milagro que nuestra psicología se caracterice por una actitud en la que se advierte, de preferente modo, la repulsa de lo inconsciente.
No sólo es comprensible, sino de todo punto necesario, que las ciencias excluyan tanto el punto de vista del sentimiento como el de la fantasía. ¿Qué ha de hacer la psicología? En cuanto se considere a sí misma como ciencia debe hacer lo mismo. Ahora bien, ¿responde así a su asunto justamente? Toda ciencia procura, por modo exclusivo, formular y expresar su asunto en abstracciones: podría, pues —y puede—, la psicología aprehender los procesos del sentir y del percibir o el proceso de la fantasía, en abstracciones intelectuales. Así se aseguraría, ciertamente, el derecho del punto de vista abstracto-intelectual, pero no el de los demás posibles puntos de vista psicológicos. Los demás puntos de vista posibles sólo pueden, en una psicología científica, ser enunciados, mas no hacer acto de presencia como principios independientes de una ciencia. Siempre y en toda circunstancia, la ciencia es asunto del intelecto y las demás funciones psicológicas le son sometidas como objetos. El intelecto es el soberano en el campo intelectual. Cosa distinta ocurre cuando se trata de la aplicación práctica de la ciencia. El intelecto, que antes era soberano, queda aquí convertido en un simple instrumento auxiliador, un instrumento científico afinado, es verdad, pero siempre un mero utensilio que ya no es en sí mismo fin, sino pura condición. El intelecto, y con él la ciencia, están aquí al servicio de la fuerza y el designio creadores. Y eso puede decirse que es aun «psicología», pero no es ciencia ya. Es psicología en el más lato sentido de la palabra, actividad psicológica de naturaleza creadora, en la que la fantasía creadora se atribuye la primacía. Lo mismo podría decirse, en vez de hablar de fantasía creadora, que en semejante psicología práctica corresponde a la vida el papel principal. Pues, por una parte, es ya, ciertamente, la fantasía creadora la que se sirve de la ciencia como de un instrumento, mas, por otra, son los múltiples requerimientos de la realidad exterior los que estimulan la actividad de la fantasía creadora. La ciencia como fin en sí misma es, ciertamente, un alto ideal, pero su consecuente realización da lugar a tantas finalidades propias como ciencias y artes hay. Esto conduce, ciertamente, a una alta diferenciación y especialización de las funciones de que en cada caso se trate, pero con ello, a un alejamiento del mundo y de la vida y además a una acumulación de zonas especiales que acaban por perder toda íntima conexión. Con ello no solo se inicia un empobrecimiento y una desolación de las distintas zonas de especialidad sino en la psique misma del hombre, al elevarse o rebajarse en su diferenciación de especialistas. Ahora bien, la ciencia ha de evidenciar su valor vital demostrando que no sólo puede ser señora, sino que puede ser sierva también. En modo alguno se deshonra por ello. Si, ciertamente, la ciencia nos ha llevado al conocimiento de las desigualdades y perturbaciones de la psique, mereciéndonos por ello el intelecto, que en ella tiene su sede, la más alta estimación, constituye, sin embargo, un grave error inventarle por ello una finalidad propia que la incapacita para ser mero instrumento. Mas si con el intelecto y su ciencia ingresamos en la vida real, nos damos enseguida cuenta de que nos encontramos dentro de una limitación que constituye una valla para otras zonas vitales de idéntica realidad. Nos vemos así obligados a concebir la universalidad de nuestro ideal como una limitación y a lanzarnos a la búsqueda de un espíritu rector que en vista de los requerimientos de la vida plena nos ofrezca una mayor garantía de universalidad psicológica de lo que puede hacerlo el intelecto solo.
Cuando Fausto exclama: «el sentimiento lo es todo», expresa lo contrario que el intelecto y con ello se adueña de un aspecto distinto, pero no de la totalidad de la vida, y con ella de la propia psique, que reúne sentir y pensar en una tercera cosa superior. Esta tercera cosa superior puede ser entendida, como he indicado ya, tanto en el sentido de una finalidad práctica como en el sentido de la finalidad de la fantasía creadora. Este fin de la totalidad no puede ser reconocido, ni por la ciencia, que es fin en sí misma, ni por el sentir, que carece de la fuerza de visión del pensar. Lo uno ha de tomar a préstamo lo otro como instrumento, pero su contraste es de tal magnitud, que necesitamos un puente. Este puente nos es dado en la fantasía creadora. No es ninguna de las dos cosas pues es madre de ambas; más aun, es el fin que une a los contrarios.
[...] 
Tipos psicólogicos, Carl Gustav Jung




minuto 10:07

Cuando observas el mundo ves personas, ves casas, ves el cielo, ves objetos tangibles, pero cuando observas tu interior ves imágenes móviles. Un mundo de imágenes conocidas en general como fantasías. Sin embargo, estas fantasías son hechos. Es un hecho que un hombre tenga tal y tal fantasía; y es un hecho tan tangible que cuando un hombre tiene cierta fantasía, otro hombre puede perder su vida, o un puente ser construido. Estas casas eran todas fantasías. Todo lo que ve aquí, los aparatos, empezaron como fantasías. Y la fantasía tiene su propia realidad. No debemos olvidarlo, la fantasía no es igual a nada. Por supuesto no es un objeto tangible, pero no deja de ser un hecho. Es una forma de energía aunque no podamos medirla. Es la manifestación de algo. Y eso es una realidad. Es tan real como, por ejemplo, el tratado de paz de Versalles, o algo así. Ya no existe, no puedes mostrarlo, pero ha sido un hecho.
Por eso, los elementos psíquicos son hechos, son realidades. Y cuando observas el fluir de imágenes interiores, ves un aspecto del mundo... del mundo interior. El hombre que actúa según el mundo exterior, según las influencias externas, es decir, la sociedad o percepciones sensoriales, cree que es más válido, porque esto es válido, es real. Y el hombre que se ajusta al factor subjetivo no es válido porque el factor subjetivo no existe. No, ese hombre tiene una base igual de buena, porque se basa a sí mismo en el mundo interior. Así que tiene mucha razón, aun si dice: «No es más que mi fantasía». Ese es el introvertido. El introvertido siempre teme al mundo exterior. Si se le pregunta, tratará de disculparse por ello. Dirá: «Por supuesto, ya sé, son mis fantasías». Y siempre hay un resentimiento. Y como el mundo en general y en especial EEUU, es muy extrovertido, no habrá lugar para el introvertido. Porque no sabe que él mira el mundo desde el interior y eso le da dignidad y le da certeza, porque en la actualidad sobre todo, el mundo pende de un hilo delgado, que es la psiquis del hombre.
Suponga que unos tipos en Moscú pierden el juicio o su sentido común por un rato y todo el mundo es fuego y llamas. Hoy en día no nos amenazan las catástrofes naturales, no existen bombas H en la naturaleza, eso es obra del hombre. Somos el mayor peligro. La psiquis es el mayor peligro. ¿Qué pasa si algo malo sucede en la psiquis? Lo vemos demostrado actualmente. Qué grande es el poder de la psiquis humana. Qué importante es saber algo sobre ella. Pero nada sabemos de ella.

10.3.17

callaron todos

Soporte para jardinera universal, color blanco

 

Soporte para política universal, sin color


«Callaron todos, tirios y troyanos»

y los que no callaron, mintieron. Ayer, hoy, mañana y siempre.

13.2.17

un prólogo de Henry Miller

Tan sólo hay cinco o seis hombres, en la historia de América, que para mí tienen un significado. Uno de ellos es Thoreau. Pienso en él como en un verdadero representante de América, un carácter que, por desgracia, hemos dejado de forjar. De ninguna manera es un demócrata, tal como hoy lo entendemos. Es lo que Lawrence llamaría «un aristócrata del espíritu», o sea, lo más raro de encontrar sobre la faz de la tierra: un individuo. Está más cerca de un anarquista que de un demócrata, un socialista o un comunista. De todos modos, no le interesaba la política; era un tipo de persona que, de haber proliferado, hubiera provocado la no existencia de los gobiernos. Esta es, a mi parecer, la mejor clase de hombre que una comunidad puede producir. Y es por eso que siento hacia Thoreau un respeto y una admiración desmesurados. El secreto de su influencia, todavía latente, es muy simple. Él fue hombre en cuerpo y alma, con un pensamiento y una conducta de perfecto acuerdo. Asumió la responsabilidad de sus acciones y de sus afirmaciones. La palabra compromiso no existía en su vocabulario. América, a pesar de todos sus privilegios, apenas ha producido un puñado de hombres de este calibre. La razón es obvia: los hombres como Thoreau nunca estuvieron de acuerdo con el sistema de su tiempo. Ellos simbolizan la América lejos de haber nacido hoy, como no había nacido en 1776 o inclusive antes. Ellos escogieron el camino arduo, no el fácil. Creyeron ante todo y sobre todo en sí mismos, no se preocuparon de lo que podían pensar de ellos sus vecinos, y no titubearon en desafiar al gobierno cuando estaba en juego la justicia. No hubo inclinación en sus concesiones: se les podía adular o seducir, jamás intimidar.
Los ensayos que recoge este volumen fueron en su origen discursos,* [*este texto fue escrito en 1946 como prólogo a Life without Principle, tres ensayos de Thoreau impresos a mano por James Ladd Delkin] hecho bastante importante, si se piensa lo difícil que sería hoy dar una expresión pública a parecidos sentimientos. La noción misma de «desobediencia civil» es hoy en día impensable (menos quizás en India, donde en su campaña de resistencia pasiva Gandhi usaba este discurso como texto).
En nuestro país, un hombre que se atreviera a imitar la conducta de Thoreau con referencia a cualquier problema crucial de nuestro tiempo, sería, sin duda, condenado a cadena perpetua. Es más: nadie movería un dedo para defenderlo como, en su día, Thoreau defendió el nombre y la reputación de John Brown. Como siempre ocurre con las afirmaciones francas y originales, estos ensayos se han convertido en clásicos. Y esto significa que, a pesar de tener la potencia de forjar un carácter, ya no influyen en los hombres que gobiernan nuestro destino. Se recomienda su lectura a los estudiantes, son fuente perpetua para el pensador y el rebelde, pero para gran parte de los lectores ya no tienen importancia, no contienen un mensaje. La imagen de Thoreau ha sido fijada para el público por educadores y «hombres de gusto»: es la imagen del eremita, del excéntrico, de la broma de la Naturaleza. En fin, se ha conservado la caricatura, como acostumbra a pasar con nuestros hombres eminentes. A mi parecer, lo más importante de Thoreau es que haya aparecido en una época en la cual, por decirlo de algún modo, teníamos que escoger el camino que nosotros, el pueblo americano, al fin hemos tomado. Como Emerson y Whitman, él indicó el justo camino, el camino arduo, como ya he dicho. Como pueblo, nosotros hicimos una elección diferente. Y ahora estamos recogiendo los frutos de nuestra elección. Thoreau, Whitman, Emerson, estos hombres han sido, hoy en día, reivindicados. En la oscuridad de los hechos cotidianos, sus nombres se elevan altos como faros. Pagamos un bravo tributo verbal a su memoria, pero seguimos ignorando su sabiduría. Nos hemos convertido en víctimas del tiempo, miramos el pasado con aflicción y queja. Es demasiado tarde para cambiar, pensamos. Pues no. Como individuos, como hombres, nunca es demasiado tarde para cambiar. Y es esto exactamente lo que estos obstinados precursores afirmaron toda su vida.
Con la creación de la bomba atómica todo el mundo comprende, de pronto, que el hombre tiene delante de sí un dilema de una gravedad inconmensurable. En un ensayo titulado «Vida sin principio» Thoreau anticipó esta posibilidad que atemorizó al mundo cuando se tuvo noticia de la bomba atómica. «Por consiguiente», dice Thoreau, «si donde explotara nuestro planeta no hubiese ninguna persona involucrada en la explosión… yo no iría hasta la esquina a ver como explota el mundo».
Estoy seguro que Thoreau no habría faltado a su palabra si inesperadamente hubiese explotado por iniciativa propia. Pero también estoy seguro que si se hubiera conocido la bomba atómica hubiera dicho algo memorable sobre su uso. Y lo habría dicho como desafío a la opinión pública. Ni siquiera se hubiera alegrado al saber que la fábrica de la bomba estaba en manos de los justos. Seguro que preguntaría: «¿Quién es tan justo como para usar con fines destructivos un instrumento tan diabólico?». Ya no tendría más fe en la sabiduría y en la santidad del actual gobierno de los Estados Unidos que la que tuviera en el gobierno de los días de la esclavitud. Él murió, no lo olvidemos, en plena guerra civil, cuando el problema que se hubiese debido resolver rápidamente gracias a la conciencia de todo buen ciudadano se estaba resolviendo con sangre. No, Thoreau habría sido el primero en decir que ningún gobierno terrestre es suficientemente bueno y sabio como para recibir, sea para bien o para mal, un poder similar. Habría pronosticado que nosotros usaríamos esta nueva fuerza de la misma manera que hemos usado otras fuerzas naturales, que la paz y la seguridad del mundo no están en las intenciones, sino en el corazón de los hombres, en el alma de los hombres. Toda su vida testimonia un hecho obvio continuamente ignorado por los hombres: que para sustentar la vida necesitamos primero el menos que el más, que para proteger la vida necesitamos coraje e integridad, no armas, ni coaliciones. Todo lo que él dijo e hizo está muy lejano del hombre de hoy. Ya dije que su influencia es todavía viva y activa. Es cierto, pero sólo porque la verdad y la sabiduría son inalterables y tienen que prevalecer. Consciente o inconscientemente, estamos haciendo exactamente lo opuesto de todo lo que él sostenía. Así y todo no somos felices, ni de ninguna manera tenemos la seguridad de estar en lo justo. Sino que estamos más trastornados, más desesperados que nunca en el curso de nuestra breve historia. Y esto es sumamente extraño y fastidioso, pues hoy en día todos nos reconocen como la nación más potente, más rica y más segura del mundo. Estamos en el cénit, ¿pero poseemos la visión necesaria como para tener este observatorio? Tenemos la vaga sospecha de que nos han cargado con una responsabilidad demasiado pesada para nosotros. Sabemos que no somos superiores, en ningún sentido real, a otros pueblos de la tierra. Sólo ahora nos damos cuenta de estar moralmente mucho más atrasados, si así puede decirse, que nosotros mismos. Algunos imaginan beatíficamente que la amenaza de extinción —el suicidio cósmico— nos despertará del letargo. Me temo que sueños así están destinados a desintegrarse, aun más que el mismo átomo. No se alcanzan grandes metas a través del miedo a la extinción. Los hechos que mueven al mundo, sustentan y dan la vida, tienen una motivación muy diferente.
El problema de la potencia, obsesivo para los americanos, está hoy en su punto crucial. En lugar de trabajar por la paz, tendríamos que empujar a los hombres a relajarse, a dejar de trabajar; a tomárselo con calma, a soñar y a ociar, a perder el tiempo. Retiraos en los bosques, si encontráis uno. Pensad en vuestros pensamientos durante un tiempo. Haced un examen de conciencia, pero sólo después de haber gozado plenamente. ¿Qué puede valer vuestra fatiga, al fin y al cabo, si mañana junto a vuestros seres queridos podéis ser reducidos a migas por algún loco exaltado? ¿Creéis que nos podemos fiar más del gobierno que de los individuos que lo componen? ¿Quiénes son estos individuos a los cuales se les confía el destino de todo el planeta? ¿Creéis plenamente en cada uno de ellos? ¿Qué haríais si tuvierais el control de esta potencia inaudita? ¿La usaríais en beneficio de toda la humanidad, o tan sólo de vuestro pueblo, de vuestro grupo de elegidos? ¿Pensáis que los hombres pueden guardar para sí mismos un secreto tan grave? ¿Creéis que se debe guardar secreto? 
He aquí las preguntas que, me parece, nos haría a bocajarro un Thoreau. Son preguntas que, si se tiene una pizca de sentido común, se contestan solas. Pero parece que los gobiernos no poseen esta pizca de sentido común. Y no se fían de quienes la poseen.
«El gobierno americano, aun siendo reciente, ¿es algo más que una tradición intentando transmitirse intacta a la posteridad, aun perdiendo a cada instante una parte de su integridad? No tiene la vitalidad y la fuerza de un solo hombre vivo; porque éste puede doblegarlo a su voluntad. Es una especie de cañón de madera para el mismo pueblo. Pero no por eso menos útil, pues la gente necesita siempre alguna compleja maquinaria y oír su estruendo, para satisfacer su idea del gobernar. Los gobiernos demuestran de este modo cómo se puede someter con éxito a los hombres e incluso imponerse a ellos con ventaja. Excelente, tenemos que reconocerlo. Sin embargo, este gobierno jamás ha iniciado ninguna empresa por su cuenta, si no por la rapidez con la que se apartó de su camino. No da libertad al país. No ordena a Occidente. No educa. Es el carácter arraigado en el pueblo americano el que ha hecho posible todo lo logrado; e incluso habría hecho algo más, si el gobierno a veces no se hubiera opuesto…»
Así hablaba Thoreau hace cien años. Hablaría de un modo todavía menos halagador si aún viviera. En estos últimos cien años el estado se ha convertido en una especie de Frankenstein. Nunca, como hoy, nos hizo menos falta el estado, así como nunca nos ha tiranizado tanto.
En todas partes el ciudadano ordinario tiene un código moral muy superior al del gobierno al que debe fidelidad. La falsa idea de que el estado existe para protegernos se ha desintegrado mil veces. Sin embargo, mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo, el estado prosperará; él puede existir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus miembros. 
Viviendo su vida de un modo «excéntrico», Thoreau demostró la futilidad y la absurdidad de la vida de las (llamadas) masas. Fue una vida profunda y rica, que le dio todas las satisfacciones. «Las ocasiones de vivir», afirmaba, «disminuyen en la medida en que crecen los llamados medios». Era feliz con el contacto de la Naturaleza, a la cual pertenece el hombre. Comulgaba con el pájaro y con la bestia, con la planta y con la flor, con la estrella y con la corriente. No era un ser asocial, todo lo contrario. Tenía amigos tanto entre las mujeres como entre los hombres. No hay americano que haya escrito sobre la amistad con una elocuencia mayor a la suya. Su vida parece angosta pero fue mil veces más ancha y profunda que la vida del ciudadano americano medio de hoy. No se perdió nada evitando mezclarse entre la muchedumbre, devorar los periódicos, consumir radio y cinematógrafo, tener el automóvil, el frigorífico, el aspirador. No sólo no se perdió nada por la falta de estas cosas, sino que, encima, se enriqueció mucho más que lo pueda hacer el hombre moderno, atolondrado por estos dudosos lujos y comodidades. Thoreau vivió, mientras nosotros se puede decir que sólo existimos. Por la potencia y la profundidad de su pensamiento no sólo mantiene una validez por comparación a nuestros contemporáneos sino que, a menudo, les supera. En lo que a coraje y virtud se refiere, no se puede comparar a ninguno de los espíritus hoy dominantes. Como escritor está entre los tres o cuatro de los cuales podemos sentirnos orgullosos. Visto desde la cumbre de nuestra decadencia casi nos parece un antiguo romano. La palabra virtud recobra su significado cuando se liga a su nombre.
Son los jóvenes de América los que pueden sacar provecho de su doméstica sabiduría y más aún de su ejemplo. Debemos asegurar a los jóvenes que todo lo posible entonces es posible hoy. América es todavía un país muy despoblado, una tierra con abundantes bosques, ríos, lagos, desiertos, montañas, praderas, donde un hombre de buena voluntad, con un mínimo de fatiga y confianza en sus fuerzas, puede gozar de una vida profunda, tranquila, rica, siempre que siga su camino. No es necesario pensar, no hace falta llevar una vida bondadosa, sino crearse una vida bondadosa. Los hombres sabios vuelven siempre a la tierra; nos basta con pensar en los grandes hombres de la India, China y Francia, en sus poetas, en sus sabios, en sus artistas, para comprender cuán profunda es esta necesidad en el ser humano. Pienso, naturalmente, en los individuos creativos, pues los demás gravitarán en su propio nivel, sin imaginación, sin sospechar siquiera que la vida promete algo mejor. Pienso en los poetas americanos, todavía capullos en flor, en los sabios y artistas del mañana, porque se me aparecen del todo indefensos frente al mundo americano contemporáneo. Todos los que se preguntan, ingenuamente, cómo vivirán sin venderse a ningún dueño; más aún, se preguntan, una vez hecho esto, cómo encontrar el tiempo para llevar a cabo sus vocaciones. Ya no piensan en ir a cualquier desierto o lugar salvaje, en ganarse la vida cultivando la tierra o trabajando a salto de mata, en vivir con lo mínimo indispensable. Se quedan en las ciudades, en las metrópolis, revoloteando de una cosa a otra, inquietos, miserables, frustrados, buscando en vano el encontrar una salida. Deberíamos decirles en seguida que la sociedad, tal como está constituida, no presenta salidas, que la solución está en sus manos y usándolas podrán obtenerla. Tenemos que abrirnos camino con el hacha. La verdadera jungla no está fuera, quién sabe dónde, sino en la ciudad, en la metrópoli, en aquella compleja telaraña en que hemos transformado la vida y que sólo sirve para limitar, estorbar o inhibir a los espíritus libres. Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia a pesar de las barreras y de las tradiciones que lo aprisionan. La América de los tiempos de Thoreau era tan despreciadora y hostil hacia su experimento vital, como lo somos nosotros a cualquiera que pretenda volverlo a intentar. Debido al subdesarrollo de nuestro país en aquellos tiempos, los hombres se sintieron atraídos por todas las regiones, por todos los senderos de la vida, hacia el oro de California. Thoreau se quedó en casa a cultivar su mina. Le bastaban pocas millas para encontrarse en el corazón profundo de la Naturaleza. Para gran parte de nosotros, no importa donde vivamos, en este inmenso país todavía es posible recorrer pocas millas y encontrarnos con la Naturaleza. Yo que he recorrido a lo largo y a lo ancho esta tierra, he sacado esta impresión: América es un país vacío. Claro está, casi todo este espacio vacío pertenece a alguien: bancos, ferrocarriles, compañías de seguros, etcétera. Es casi imposible salir del camino trazado sin invadir una propiedad privada. Pero este absurdo acabaría si la gente comenzara a levantarse sobre las patas traseras y desertara de la ciudad y la metrópoli. John Brown y un reducido grupo de hombres derrotaron virtualmente a toda la población de América. Los abolicionistas liberaron a los esclavos, no las armadas de Grant y Sherman, no Lincoln. Una condición ideal de vida no existe, jamás, en ningún lugar. Todo es difícil y se vuelve más difícil, incluso cuando decidimos vivir a nuestro aire. Vivir nuestra propia vida sigue siendo el mejor modo de vivir, siempre lo ha sido y siempre lo será. La trampa, el mayor desengaño está en renunciar a vivir a nuestro aire hasta el día en que se cree una forma ideal de gobierno que nos permita llevar una vida mejor. Llevad una vida ejemplar, en seguida, en cada instante, al máximo de vuestras capacidades e indirectamente, inconscientemente, lograréis la forma de gobierno más cercana a lo ideal.
Ya que Thoreau insistió tanto sobre la conciencia y la resistencia activa, podríamos pensar que su vida fue vacía y triste. No olvidemos que era un hombre que evitaba el trabajo lo más posible, sabía dedicar su tiempo al ocio. Moralista severo, no tenía nada en común con el moralista profesional. Era demasiado religioso para tener algo que ver con la iglesia y demasiado hombre de acción para tomar parte activa en la política. Era de una riqueza espiritual tan grande que no pensó en amontonar bienes, tan valiente, tan seguro de sí mismo, que no se preocupó de la seguridad, de la protección. Abriendo los ojos descubrió que la vida proporciona todo lo necesario para la paz y la felicidad del hombre; solamente hace falta usar lo que tenemos al alcance de la mano. «La vida es generosa», parece repetir a cada momento, «¡Tranquilos! La vida está alrededor, no allá, no en la cima de la montaña».
Encontró Walden. Pero Walden está en cada lugar donde hay un hombre. Walden se ha convertido en un símbolo. Debería convertirse en una realidad. También Thoreau se ha convertido en un símbolo. Pero sólo fue un hombre, no lo olvidemos. Transformándolo en un símbolo, construyéndole monumentos, destruimos la finalidad de su vida. Sólo viviendo a tope, lograremos honrar su memoria. No intentemos imitarlo, superémoslo. Cada uno de nosotros debe llevar una vida completamente diferente. No debemos intentar ser como Thoreau, ni como Jesucristo, sino lo que en verdad somos, en nuestra sociedad. Éste es el mensaje de todo gran individuo, éste es el significado intrínseco de ser individuo. Ser algo menos significa acercarse a nada.

Henry Miller
prólogo a Walden de Henry David Thoreau 

6.2.17

Distancia y dibujos
Cuatro cartas de una correspondencia entre James Elkins y John Berger


(Esta es una de las cuatro cartas):

Quincy, 17 de febrero de 2004

Querido James:

No sé. No veo claro eso del "defecto de la distancia". Como idea es aguda e ingeniosa... ¡Qué buena respuesta! Pero no creo que valga como fundamento de una teoría o que sirva para explicarla, porque el término no está bien concebido. ¡Sin distancia (espacio) no habría nada! Si pensamos sobre la pérdida y el dolor que conlleva, nos encontramos frente a frente con la distancia. Pero la ausencia no significa necesariamente distancia. Ausencia solo significa que algo no es visible aquí. (Deja abierta la cuestión de ser invisible aquí.)
Podemos contemplar a Giacometti de otra manera. Estas figuras suyas que se ha dado en calificar de "encogidas" no están a punto de desaparecer o de irse. Al contrario, están más irreductiblemente ahí que muchas otras figuras. Reducidas a una esencia, están esencialmente ahí. (Esta es una de las razones por las que nos obsesionan.)
Hubo una conversación con Alberto G. que fue más o menos así:
—¿Adónde deben ir las esculturas cuando salgan del estudio? ¿A un museo?
—No, entiérrenlas, así servirán de puente entre los vivos y los muertos.
Podemos verlo de otra manera. Cuanto más han "encogido" las figuras, más cargado con su presencia está el espacio que las rodea. La carga espacial de una presencia (de un modelo, de un árbol, de una montaña, de una fruta) era lo que más preocupaba a Alberto G. desde el principio. Es visible en todos sus dibujos a lo largo de su vida.
Sus figuras habitan invisiblemente el espacio que las rodea. Y por eso, en cierto sentido, no tienen contornos, ni fronteras.
Si lo que rodea a una figura es el "fondo", lo más seguro es que la figura esté muerta. Lo que rodea a una figura es "la receptividad" de su presencia y su energía. Por eso las líneas en el dibujo, si son tensas, siempre irradian, empujando y tirando en direcciones opuestas. ¿No?
Cuando hablaba de la resistencia de los objetos materiales o de los seres vivos, pensaba en la lucha necesaria para su supervivencia física. Un edificio resiste la fuerza de la gravedad, un árbol resiste el viento, un animal resiste el frío, las piedras resisten el agua. Finalmente, el edificio acaba derrumbándose, el árbol arrancado de raíz, el animal muerto y las piedras reducidas a arena. Esta es una ley que se aplica a lo real, no a lo virtual. Dibujar algo bien es tocar su resistencia.
En mi modesta experiencia, el ser o la cosa que dibujo nunca deviene defectuoso, sino que con frecuencia es el dibujo el que puede serlo. El dibujo no consigue abrazar la presencia.
Estamos de acuerdo en que dibujar es una actividad cuyo objetivo es reconocer y tal vez reconciliar una contradicción aparente: la que se produce entre presencia y ausencia. (Este es el sentido de nuestra correspondencia.) Todas las observaciones que he hecho más arriba solo son matices. Y ahora, tal vez, es adecuado volver a lo más esencial.
Dibujar es implicar a lo que no estará cuando el dibujo sea contemplado más tarde. El dibujo trata de una compañía que, allende o fuera del dibujo, enseguida se hará invisible o terminará por hacerse invisible. Por eso los dibujos, aunque incluyen, o tratan de incluir, una presencia, se ocupan de la ausencia. Pero ¿dónde está lo que está ausente? ¿Muy lejos y perdido en la distancia, o aquí, pero invisible (aparte de en el dibujo)? Yo creo en la segunda posibilidad.
Puede que te preguntes por qué me refiero al dibujo todo el tiempo más que a la pintura, la escultura, el vídeo o las instalaciones.
Y yo te contesto: porque los otros medios poseen una corporalidad de la que carece el dibujo. Y, en consecuencia, este constituye una expresión más pura de aquello de lo que estamos hablando: ¿dónde está ahora aquello que hemos visto físicamente y físicamente ha desaparecido?
Me parece a mí que los dibujos —ya sean las figuras "encogidas" de Giacometti o las exageradamente sustanciales de Rembrandt— no se lamentan de la distancia, sino que responden al unísono: AQUÍ. Y esto no es arbitrario. No tiene nada que ver con una pedantería llamada Dibujo. Se refiere a la estructura esencial del espíritu humano, sin el cual no habría posibilidad de reconocer la distancia. Los dibujos ofrecen hospitalidad a una compañía invisible que está con nosotros.

Saludos afectuosos,
John
John Berger, Sobre el dibujo